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En ocasiones hago gimnasia con las palabras:
las estiro,
las hago saltar o las doblo sobre sí mismas; en otras, les
cambio la velocidad: convierto las palabras lentas en
rápidas y a la inversa, dando uso a un sinfín de variantes.
El resultado es un atasco o una gran fluidez. De este modo
los objetos reposan o se mueven frenéticamente.
Casi nada
permanece en su sitio. Mostramos y demostramos un parpadeo
arrítmico, asimétrico.

Pienso palabras. Palabras redondas, elásticas,
angulares, puntiagudas. Con el pensamiento toco y
acaricio las palabras. Pensamientos de colores
impregnan palabras. Palabras que dan sombra a otras,
encogidas en los repliegues y esquinas del pensamiento.
Palabras que recorren el pensamiento de parte a parte, se
balancean a la deriva o permancen encaramadas en lo alto
de un montículo. Tejidos. Retales de habla.

A veces miro las cosas a través de las palabras, y si
éstas fermenta y se descomponen, también lo hacen aquellas.
El resultado es imprevisible: los objetos se deshacen y
permiten que el lenguaje entre a formar parte de ellos, o
a la inversa. De este modo todas las cosas albergan
potencialmente su propia transformación, su permanente
cambio. Entonces preciso volver a construir la trabazón
del pensamiento y del habla. Es en ese momento, en esa situación,
cuando advierto que las posibilidades creativas se expanden, se
multiplican, se desbocan.

Bartolomé Ferrando
(Texto publicado en la revista Ínsula 603-604, 2007 pág. 21)

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